El alcalde que se jugó la excomunión por un bikini
El alcalde que se subió a una Vespa para jugarse la excomunión por un bikini. La historia real detrás del Benidorm que conocemos hoy.
MEMORIAS DE BENIDORM
Benidorm Walks (Rafa D.)
7/7/20265 min read


Fuentes consultadas: Carlos Salinas Salinas, "Pedro Zaragoza Orts. Alcalde desarrollista de Benidorm (1951-1967)" (Universidad de Alicante, 2022); Wikipedia; archivo autobiográfico de Pedro Zaragoza (histobenidorm.blogspot.com); Miguel Poveda Salvá y Pablo Vizcaíno-Alcantud, "Pedro Zaragoza y Benidorm: intuición y storytelling..." (COMeIN-UOC, 2023); La Marina Plaza; Fundación Nacional Francisco Franco.
En 1953, el alcalde de un pueblo de pescadores de la provincia de Alicante se sube a una Vespa y conduce hasta El Pardo. Quiere hablar con Franco en persona. El motivo: un bikini.
La Guardia Civil ya le había denunciado. El arzobispo de Valencia estaba estudiando si excomulgarlo. Y aun así, ese hombre decide jugarse el cargo —y puede que algo más— por dejar que las mujeres tomaran el sol en la playa como quisieran.
Se llamaba Pedro Zaragoza Orts. Y lo curioso no es solo lo que hizo aquel día. Es que ese mismo hombre, cinco años antes, ni siquiera quería ser alcalde.
Foto: Centro Benidorm, años 58-59. Fuente: Histobenidorm.
Calles anchas para un pueblo de siete coches
En 1956 Benidorm aprobó su primer Plan General de Ordenación Urbana. Proyectaba calles más anchas que las de Valencia o Alicante. En un pueblo donde el parque automovilístico completo eran siete vehículos. Sí, siete.
La reacción fue la que cabía esperar: más de 400 alegaciones vecinales. El gobernador civil montó una comisión para revisar el proyecto —sin contar con Zaragoza— y las críticas fueron tales que acabó llamándolo para que lo defendiera en persona. Su argumento fue tan simple como terco: el plan no se había hecho para el Benidorm de 1956, sino para el del siglo XXI. El gobernador redujo el ancho de las calles, aunque menos de lo que la leyenda local suele contar.
Un año antes, el propio Ayuntamiento ya había publicado un folleto, "Así será Benidorm", que hablaba de una costa hostil, de calas peligrosas, herencia de siglos en que el mar traía más miedo que turistas. El mismo folleto incluía un plano de los viales del Rincón de Loix que, visto hoy, resulta casi profético: se ha conservado prácticamente intacto.
Zaragoza estaba construyendo, calle a calle, un pueblo que todavía no tenía motivo para existir. Le faltaba una última pieza: convencer al mundo de que mereciera la pena venir.
La Vespa, El Pardo y lo que la historia no cuenta
Y aquí volvemos al principio.
Zaragoza autorizó el uso del bikini en las playas de Benidorm en pleno franquismo. La Guardia Civil lo denunció. El arzobispo de Valencia llegó a plantearse su excomunión. Fue Camilo Alonso Vega, entonces director general de la Guardia Civil, quien le abrió la puerta: "Pedro, cuando quieras, tienes cita." Y Zaragoza, que iba en Vespa a todas partes —a Madrid, a Valencia, daba igual—, cogió la moto, se forró de periódicos para protegerse del frío y se marchó hacia El Pardo.
Ocho horas de carretera. Sin autovías, sin nada parecido a lo que hoy conocemos como una vía rápida, en una Vespa que no pasaba de los 90 kilómetros por hora. Ocho horas para pedir un permiso que ni siquiera tenía garantizado.
Consiguió el sí. El bikini se quedó en las playas de Benidorm, y con él llegó una imagen de apertura que ningún otro pueblo español se atrevía a vender en esos años.
Ahora la parte incómoda, la que nos hemos comprometido a contaros siempre: no hay ningún bando municipal documentado que autorizara oficialmente el bikini —probablemente fue más una orden verbal de tolerancia— y tampoco existe registro de esa visita en los libros de entrada de El Pardo. Eso no significa que la historia sea falsa. Significa que es, sobre todo, el relato que Zaragoza construyó y que se ha transmitido durante setenta años sin que nadie lo pusiera en duda.
Y ahí, precisamente, está la clave de todo lo que vino después.
Porque no todo el mundo lo vivió como una victoria. Para una parte de Benidorm, el bikini no fue un símbolo de progreso: fue una herida moral abierta en un pueblo profundamente religioso, que veía cómo su forma de entender la fe y la decencia se desmoronaba playa a playa. Esa tensión no se quedó en denuncias ni en amenazas de excomunión. Años después, la Iglesia respondió de la forma más visible posible: plantando una cruz en lo alto de Sierra Helada, como acto de desagravio frente a todo lo que el bikini —y lo que representaba— había traído consigo. Esa es otra historia, con su propia fecha por confirmar, y os la contaremos en su capítulo aparte de Memorias de Benidorm.
El alcalde que vendía historias antes de que existiera esa palabra
Zaragoza no tenía formación en marketing ni en comunicación. Era abogado y empresario. Pero varios historiadores lo han descrito como un maestro intuitivo del storytelling, décadas antes de que ese término existiera en español. No vendía Benidorm como un lugar con playa. Vendía Benidorm como una promesa de futuro, con un relato que empezaba en un mar hostil y terminaba en un horizonte de hoteles y turistas europeos.
Trajo el Festival de la Canción de Benidorm, que ayudó a lanzar a artistas como Julio Iglesias y Raphael. Promocionó el pueblo por toda Europa, justo cuando el continente empezaba a tener dinero y ganas de vacaciones al sol. Convirtió un pueblo de pescadores en el escaparate turístico de un régimen que necesitaba divisas y una imagen moderna que enseñar al extranjero. La Vespa hasta El Pardo no fue un golpe de suerte aislado. Fue la primera vez que se vio de lo que era capaz.
Lo que queda
Zaragoza fue alcalde de Benidorm entre 1951 y 1967. Murió en su pueblo el 1 de abril de 2008, con 85 años. En 2002 lo nombraron Hijo Predilecto y le pusieron su nombre a la Alameda, aunque, como bromeaba uno de sus biógrafos, todo el mundo la sigue llamando simplemente "la Alameda".
La próxima vez que veas una foto antigua de una playa de Benidorm con alguien en bikini como si no pasara nada, piensa en la Vespa. Piensa en un alcalde de pueblo jugándose la excomunión por algo tan pequeño, en apariencia, como un bikini. Setenta años después, esa apuesta sigue siendo la razón por la que este sitio es lo que es.
Un alcalde que dijo que no
Zaragoza nació en Benidorm el 15 de mayo de 1922 y de joven quería ser marino, no político. Se fue a Barcelona a estudiarlo y lo dejó a medias. Después probó suerte en unas minas de fosfato en Extremadura y trabajó de maletero en la estación de Delicias, en Madrid. Nada en ese recorrido apuntaba a lo que vendría.
Volvió a Benidorm cuando murió su padre, solo para arreglar unos asuntos de herencia, y aceptó un trabajo tranquilo en la Caja de Ahorros del Sureste. La política le llegó por accidente: a finales de 1950 el gobernador civil de Alicante le propuso hacerse cargo de la alcaldía para frenar la pelea entre tres candidatos que se estaban destrozando entre ellos. Zaragoza dijo que no. Varias veces. Al final aceptó, en teoría, solo por tres meses.
Se quedó diecisiete años. Y en ese tiempo hizo algo que ningún vecino de la época supo ver venir.


Foto: Av Mediterráneo, años 71. Fuente: Histobenidorm.


Foto: Cala de Benidorm. Año 71 Fuente: Histobenidorm.